Prefiero un c*lo

Prefiero un c*lo

Hace poco decidí abrir una cuenta en Tik Tok, y me ha echo sentir veintitrés años encima, años que me han dejado obsoleta entre los minutos que tardó la aplicación en descargar, en picar unos cuantos botones para el registro, el miedo de cederle mi información a una nueva app, en acceder a sus términos y condiciones, que bien se pueden resumir a una sola: ¿quiero ser observada o no?

Pero a fin de cuentas, quiero saber qué hay de interesante en deslizar cada quince segundos un vídeo tras otro. Es bien cierto que Instagram y Facebook; como los seres evolucionados en el mundo de las redes sociales que son, permanecen de pie debido a la adaptación de “nuevas herramientas”, a lo largo de sus distintas versiones, para un mejor servicio a los usuarios.

Imágenes, texto, interacción pública o privada, mensajería, reacciones, aprobación, desaprobación, negocios, difusión, vídeos, gifs, en vivos y muchas tantas posibilidades que ofrece la interacción virtual. Aún con todo eso, ambos adaptaron el formato una mañana se convirtió en top, los vídeos de Tik Tok. 

Actualmente, se presupone que Tik Tok puede desaparecer en cualquier momento; aunque es cierto que resulta adictivo el deslizar constantemente hacia el siguiente vídeo, no es tan necesario revisar el estado de la app si no generas contenido, fácilmente, puedes eliminar la notificación sin que la duda te carcoma la consciencia por haberlo echo. Pero ese no es el tema que quisiera tratar ahora.

Justo como ya lo mencionaba en el podcast, el consumo estético en términos visuales, resulta exorbitante, el mayor atractivo de los productos que más se consumen hoy día, es debido a que “está bonito”, ya no importa tanto si es funcional, si es delicioso o si realmente cubre una necesidad. Basta con que sea visualmente atractivo para que se consuma; sí, eso también incluye a las personas.

La prueba, basta con actualizar el feed de Instagram, para identificar las estrategias que utilizan los usuarios para generar más seguidores sin pagar anuncios; todo se resume en el “como” presentas tu producto.

Así que, guiada por ésta lógica ingresé a tik tok, observé los escenarios de algunos usuarios, los bailes, los outfits, el texto (si es que había alguno), las interacciones y entre lo más popular, estaban las mismas personas, los mismos vestuarios, las mismas expresiones, facciones, filtros, maquillaje, pero la constante más recurrente. 

Una serie de traseros sacudiéndose, posando o simplemente haciendo acto de presencia. Traseros de todo tipo, algunos más grandes o pequeños, firmes, que no lo son tanto, femeninos, masculinos o no binarios; traseros en vídeo, en foto, como protagonistas o con una ligera aparición.

El consumo del trasero se expande, y aún no alcanza a su punto máximo. Recuerdo cuando la polémica de las fotos en traje de baño era tendencia; las estaciones del año pasaron de establecerse por los colores en los paisajes, se convirtieron en lenguaje de compra-venta, cuando llegaba la supuesta ropa de temporada, ahora surgió la necesidad de modelar esa ropa y, ¿cómo saber si esa ropa te «queda bien»? Así es, dependiendo de cómo se marque el trasero.

De todas las tendencias, los traseros nunca pasan de moda. Pero la culpa no es de la existencia de esos traseros, sino de los mitos que se han generado alrededor de él. Pasó de ser un par de posaderas al sueño de tantos, se convirtió en protagonista en múltiples conversaciones, en la atención de miradas, en símbolo de aprobación, como puede ser 5 likes, como puede convertirse en 50 o en 500.

Su venta en OnlyFans es apenas una de sus consecuencias, Instagram y Facebook, los lugares perfectos para su difusión y Tinder, una extremidad enguantada que trata de convertir al producto en algo tangible.

Al pasearme por estos espacios, me hizo pensar en la venta de los cuerpos, de la estima y la personalidad; a un par de monedas que todos poseemos, cómo se devalúe o sea explotada, depende de cada uno. Mientras que la posibilidad de cómo pueda competir en el mercado, depende de los consumidores.

Los estándares impuestos al final sobran, pues todos los traseros terminan vendidos de alguna u otra manera. Me resulta absurdo que la máxima expresión de la belleza del siglo XXI, se mida en la forma de los traseros, pero solo es la evidencia de una sociedad tan consumista, que se autodestruye de manera voraz.

Todo en un bucle constante, donde venta y demanda forman una alianza inquebrantable, a un estilo muy normalizado, para que todos puedan participar. Finalmente, la culpa no es de los traseros, sino de tantos aquellos que han legitimado su explotación.

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