Nostalgia decembrina.

Nostalgia decembrina.

Vivir sin recuerdos no es una opción y en éste último mes del año, lo mejor que podemos hacer es recordar, agradecer y soltar. Nuestro planeta está por culminar una vuelta más a su orbita, luego de 365 días de intensos cambios sobre su superficie, todo vuelve justo al punto que comenzó.

Eso no significa que volvemos a ser los mismos, pues cada uno ha echo su propio viaje, enfrentado sus dificultades y ahora con la recapitulación, corresponde aprender de todo ello.

Complejos resguardados, cicatrices, lágrimas y otras marcas que degradan nuestra manera de ver el mundo y aprender de él. Aunque existan similitudes con un yo pasado, hay que tener muy presente que las cosas no pasan de la misma manera dos veces. De ahí que considero la reflexión constante como una necesidad, que el equilibrio es esencial y los malos pensamientos, solo viven en nuestra mente.

Y la nostalgia decembrina, solo es un vistazo al pasado, a lo que hemos echo, lo que posiblemente no pudimos hacer y lo que no esperábamos; en la frialdad de la noche, en la obscuridad de la neblina, al interior de cada uno.

Promesas rotas, amores antiguos, nuevos o renovados; recuerda que solo hay normas que limitan nuestro actuar, pero no hay reglas que nos digan como deberíamos entregarnos. Dejemos entonces, embriagarnos en la sed que produce el corazón en sus andanzas constantes por las brechas del romance, o de lo contrario, de qué hablaremos al finalizar el año.

Pues no hay dios que repare nuestros pecados, ni penitencia suficiente que evada nuestro dolor de culpa, o sueños abandonados sin pinta de sacrificio. Porque para renacer es necesario morir un poco, pero el espacio que deriva en el silencio es la voluntad de querer intentarlo.

Tras un accidente a los quince años, la autora permanece en silla de ruedas el resto de su vida.

Volví a mirar al cielo.

Dios, Él no escribía los guiones a los pobres actorcitos que vivíamos aquí abajo. Teníamos que escribirlos nosotros con cada día que vivíamos, con cada palabra que decíamos, con cada pensamiento que grabamos en nuestro cerebro…

Virginia Cleo Andrews, Flores en el ático

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