No es suficiente…

No es suficiente…

12:03, ya es 9 de Marzo, hay una pandemia azotando el mundo, he permanecido encerrada en casa desde hace casi un año. Acaba de terminar el 8M y en mi corazón aún resuena Canción sin Miedo, sinceramente no encuentro pies o cabeza a todo lo que me retumba desde dentro, así que partiré por contar un poco de mi experiencia.

En éste camino que decidí comenzar, han sido tropiezos y raspones constantes, pero garantía de que puedo respirar con menos presión en el pecho, especialmente desde que abandoné el sostén.


Por muchos años me sentí ajena al mundo femenino, por distintos factores no encontraba un lugar entre los espacios de las niñas de mi edad, me repelaba la idea de permanecer sentada o encerrada en un pequeño espacio, fingiendo que hago de comer, haciendo como que cuido a los niños, que atiendo al marido o al perro. 

«Me enseñaron que debía ser buena, que debía portarme bien, porque lo que pienso y lo que siento está mal.»

Yo no quería preparar biberones, yo quería retos, saltar la cuerda hasta que las piernas me dolieran, correr y mancharme de lodo, quería tocar la tierra, que el sudor me perlara la frente y soñaba con el aire golpeando mi cara mientras veía el atardece; si había algo que aborrecía, era bañarme, porque después del baño no tenía oportunidad de poner un pie en el patio,ahí comenzó mi rebeldía.

El precio fue caro, y la cuota era cada vez más elevada. Comenzaron con la mentira del amor, la aprobación masculina, las inseguridades sobre mi cuerpo y con cada imposición, iba reencontrando un pedacito nuevo en mi interior, en realidad era mi corazón cada vez más desecho. Entre las absurdas formas con las que me enseñaron a ser mujer: me ataba las manos, las piernas, las alas y los sueños. 

Me enseñaron que debía ser buena, que debía portarme bien, porque lo que pienso y lo que siento está mal. Poco a poco, fui descubriendo el mundo a tientas, un mundo fálico que todo lo que quería de mí, era una mano. Me creí la idea de que los hombres eran los buenos, que mis enemigas eran las mujeres, aún cuando yo las amaba con toda la ternura con la que se puede desear a una mujer.

No hablaba, no escuchaba, no miraba, no comía, ni siquiera respiraba; y qué decir de sangrar. Todo era a escondidas, a obscuras; porque mis deseos, mis antojos, mis intenciones o mis anhelos, no eran propios de “una mujer”. Y aquí, me detuve en seco cuando decidí que no quería ser una mujer,  me negaba a ser aquello que todos esperaban. 

Yo me quería despertar tarde, que me sirvieran el desayuno, que me lavaran y me plancharan mientras veía televisión, yo quería salir sin límite ni horario, me quería reí a morir, me quería divertir, quería correr y salir a trabajar sin dedicar tiempo a pensar: si debo hacer la compra de la semana o si hace falta leche en el refrigerador, quería tener pasatiempos al aire libre, quería ser hábil física y mentalmente, quería explicarle al mundo y hacerlo callar para que me escuche sin cuestionar. Porque, por mucho tiempo, me enseñaron que todo eso era bueno.

Estaba equivocada, yo no quería ser como un hombre, solo quería ser tratada como cualquier ser humano, con dignidad y respeto. Las habilidades que se me fomentaron para ser una buena mujer, eran con el miedo de vivir el infierno de las palizas de mis ancestras o las humillaciones de sus antecesoras. Recuerdo a mi abuela insistiendo más en mi educación que en mi preparación para ser un ama de casa, pues ella prefería verme libre de mente. 

Escuchar la digna rabia de mis compañeras me da fuerza, me sacude el miedo, en cada sonrisa y en cada espacio de contención, P E R O…

Aún así, no pude evitar la catástrofe que nos arrastra a todas. Porque rota y remachada, mis heridas comenzaron a hablar, ahí fue la primera vez que vi mi propio miedo en ojos ajenos, vi lágrimas caer en las mejillas de mis amigas, conocí mi dolor en sus expresiones; supe entonces que no estaba sola, que había alguien que me creía, pero sobre lo más importante, que no era la única que había vivido aquello.

Y me levanté una mañana, cansada de ser la mujer que me habían enseñado, decidida a cambiar mi historia, miré al sol levantarse conmigo, me decía que podía alcanzarlo cuando yo quisiera, que podía seguir soñando despierta, en el curso de sus rayos pude ver a la mujer que se ocultaba en mi ser, la valiente, la atrevida, la soñadora.

Encontré la voz que por tanto tiempo habían callado de distintas maneras, pero lo más importante, vi que con mi voz podía darle eco al miedo de todas aquellas que han pasado lo mismo, pero el mundo que yo conocí, no tenían porqué conocerlo las niñas que vienen detrás de mi. Escuchar la digna rabia de mis compañeras me da fuerza, me sacude el miedo, en cada sonrisa y en cada espacio de contención, P E R O…

No es suficiente, tal vez suene motivador, inspirador o hasta romántico; pero mi historia aún no termina, no cesa imaginando un futuro mejor, ni con el éxito de mis metas. No basta con mujeres en altos mandos, ni con leyes de a gotero, o peor aún, no es suficiente con derechos en papel. 

Porque la NOM46 no evita las violaciones de cientos de niñas en México, porque no detiene la masacre de los partos en las menores de edad, la Ley Olimpia en Hidalgo no es una victoria para el movimiento feminista, mucho menos que los funcionarios públicos se cuelguen un moño violeta y digan que apoyan a las mujeres. No es suficiente hacer campaña, palomear la agenda política con: “Evento con perspectiva de género”. 

Nada de eso ayuda a la mujer que aún vive con el hombre que la golpeó por años, ni a la que vive violencia psicológica (pero que nunca le han puesto un dedo encima), a la madre soltera que se la vive de turnos dobles y todavía tiene que rendir cuentas a la sociedad sobre su vida sexual. 

Eso no empodera a la adolescente que está pasando por un embarazo no deseado, porque su novio decidió retirarse el preservativo sin su consentimiento, y qué decir de aquella de la que no hablan, sí de la mujer que hablaba otomí, a la que mataron en su casa, o de la que murió en manos de la clandestinidad, porque “eso se buscó”.

Podría seguir, en interminables oraciones, porque para mí no basta con abandonar el anonimato y poner nombres femeninos en reconocimientos y academias, si no hay respeto o valorización en el trabajo de las mujeres, si no hay una crítica que empatice con las necesidades, que atienda las demandas o que escuche de verdad la lucha por defender la vida con dignidad, de todas las mujeres.

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