Los gatitos

Los gatitos

Hace ya casi un año una gatita de pelaje tipo Siamés se me acercó. Con unos ojos azules preciosos y patitas blancas en la punta.

Ya antes la había visto rondar por la colonia durante mucho tiempo. Andaba de baldío en baldío, durmiendo quién sabe dónde y tratando de sobrevivir. Varias veces, cuando me la topaba, trataba de hablarle. Me metía rápido a casa y buscaba jamón o salchicha o hasta alimento de los perros para darle tantito. Y aunque se lo comía, pronto se iba de nuevo.

Era bastante desconfiada, lo que me resulta obvio pues andaba en la calle. No dejaba que se le acercaran tan fácil pero con paciencia ella solita se arrimaba y se dejaba acariciar.

Un día, después de mucho rato sin verla, salió del baldío, a dos casas de la mía. La llame, hizo ese maullido leve como de saludo y cautelosamente se acercó. Me imagino que ya me reconocía de veces anteriores así que pronto se dejó acariciar. Rápido entré por un puñito de alimento y se lo di.

Unos perros que acostumbran andar por la colonia se asomaron a la vuelta de la esquina y la gatita pronto se puso en alerta. Entendí que afuera no se sentiría con la tranquilidad suficiente como para comer a gusto. Y la entiendo ¿A quién le gusta que le molesten mientras come?

Lo que hice fue recoger el alimento, cargarla con la otra mano y meterla a mi casa, apenas entrando en el patio. Tengo perros pero ellos estaban más al fondo y solo con asustarlos tantito para que no se acercaran fue suficiente. La gatita comió tranquila pero esta vez era evidente que no tenía mucha intención de irse. Al menos no pronto.

Empezó a reconocer todo el patio, oler, investigar entre las plantas, identificar a mis perros, ver dónde estaba la salida. Todo siempre con cautela y en alerta. El menor de los ruidos extraños la ponía tensa. Afortunadamente su reconocimiento del territorio fue satisfactorio y tranquilo. La dejé un rato en el patio y calmadamente la cargué y la metí a casa, para que también la conociera. En cuanto la solté salió corriendo.

No quería entrar, supongo que los lugares cerrados le sacaban de onda. Había una silla cerca de la puerta de la casa, puse un trapo encima, puse a la gatita ahí y se acomodó. Y así se pasó algunos días, la verdad no recuerdo cuántos pero no fueron muchos. Evidentemente seguía alimentándola, del patio ya no salía y a mis perros no les tenía miedo ya. Además ellos no son bravos con los gatos, solo son curiosos y obviamente querían olfatearla pero ella pronto se les erizaba, les gruñía y con eso bastaba para que no se le acercaran.

En uno de esos días, en los que todavía se quedaba en el patio, salí por ella para intentar meterla a casa de nuevo y que la conociera. Pero por más que busqué por todas partes, no estaba. La llamé, soné su traste de croquetas y nada… quizá decidió continuar su camino… dicen que a un gato no lo obligas a quedarse.

Se fue… ¡miau! – escuché levemente.

Los invito a escuchar el podcast de hoy, el Vago les trae datos muy interesantes sobre los gatos ¿A ustedes les gustan los gatos? Espero también poderles contar en otra ocasión el resto de la historia.

Nos leemos después.

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