El Frío

El Frío

Me gusta el frío. Tiene cierto encanto irme a caminar por las calles del centro con un frío ligero y ver el vapor de los puestos de comida salir libre. Echarse unos esquites calientitos y con chile del que pica o un café con algún pan de dulce, sentado en una banca de alguna plaza.

Me encantaba cuando amanecía con neblina y yo tenía que ir a la escuela. Por alguna razón, de niño me emocionaba caminar entre la neblina y sentir ese pequeño rocío tocarme la cara.

Recuerdo también la insistencia de mamá de que me pusiera una bufanda, gorro, guantes, la chamarra más grande y gruesa que tuviera y si se podía hasta doble pantalón. Lo cierto es que no me gustaba llevarme tanto porque después, al salir de la escuela tenía que traer cargando todo porque el clima ya había calentado y pues no me iba a quedar con todo eso puesto.

Supongo que gran parte de mi gusto por el frío es el hecho de que lo relaciono a muchas otras cosas, situaciones y personas con las que pasé algún momento especial y eso me parece genial. Las posadas con los amigos, los ponches y tamales interminables, las cenas navideñas con toda la familia reunida, las paseos largos con nuestras manos dentro de la bolsa de la chamarra, las mañanas de reyes magos.

Y no reniego del calor, al menos no cuando es leve. También se agradece un día soleado y con calorcito. Pero el frío tiene algo, algo que me causa una extraña satisfacción.

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