Del amor al dinero.

Del amor al dinero.

La llegada del COVID-19 solo volvió evidente lo que ya existía, cuando disminuyó la velocidad de nuestras rutinas, la cotidianeidad tomó un giro en cámara lenta, capturando imágenes que adquirieron peso, importancia y un sentido diferente. 

El confinamiento llegó para exhibir las desigualdades educativas, porque desde siempre han existido panoramas abismales entre los estudiantes que compartían el aula, bastaba con mirar un par de lapiceras y notar quien podía pagarse el paquete de 24 o 36 colores diferentes y quien solo llevaba seis, incluso quién conseguía lápices de colores; solo por suscitar un ejemplo. 

Flores en el ático, fue una novela escrita por V.C. Andrews, una mujer que quedó atrapada a una silla de ruedas desde los 15 años de edad.

En realidad las diferencias educativas no se erradican muy fácilmente, no es suficiente imponer uniformes similares a todo el alumnado mexicano, pues no son las mismas condiciones que viven los niños de zonas rurales y urbanas; aún si compartieran el mismo grupo, las facilidades de acceder a mayor información, tener otras herramientas y un acompañamiento diferente entre padres con escolaridad a nivel licenciatura o mayor, que educación básica o incluso, hijos de padres analfabetas. 

Eso ya existía desde antes de la pandemia, pero hacíamos como que no era cierto, hijos de jornaleros se sentaban a lado de hijos de maestros; pero no estaban aprendiendo igual, mientras que unos asimilaban el conocimiento de algo que ya conocían, otros asimilaban la ruptura de aprender desde cero: conceptos, imágenes, signos, símbolos, procedimientos, etcétera. 

Ahora, alumnos en todos los niveles salen a trabajar para pagar el saldo de sus teléfonos, pagar los dispositivos electrónicos (desde móviles hasta ordenadores) y qué decir del servicio de internet.

Padres que no saben como apoyar a sus hijos en casa, madres solteras que se sobreexplotan con la triple carga de lidiar con el papel de trabajadora, ama de casa y maestra de sus hijos. Con sueldos que son una absurda grosería, mujeres que lidian con las responsabilidades de hombres desobligados, eso, también sucedía desde antes de la pandemia. Pero nadie le preguntaba a Lupita la de la oficina, si ese descuento que se le hacía por el permiso a media semana, no le afectaba en nada.

Ahora, todos vemos el interior del hogar de esa mujer que se moría por tomar horario extra, pero que al mismo tiempo, miraba el reloj como desquiciada, contando los minutos para salir. 

Y aunque no todas las mujeres son madres solteras, muchas otras viven en pareja, desde hace mucho tiempo que quedaron encadenadas, con ese hombre que la golpea (o la golpeaba), pues la última noticia que se escuchó sobre la señora de la vuelta, fue en el diario local por su fallecimiento, luego de que su marido la molera a golpes, ya que el único escape que tenía, era cuando salía a trabajar, a la escuela de los niños o a cualquier parte, con tal de no estar más con su marido al que denunció incontables veces, pero del que sin pruebas no había como proceder.

O su pequeña, que terminó embarazada del amigo de su padre, pues con las clases en línea, y la reducción de horarios por pandemia, el padre y el amigo pasaban más tiempo en casa. 

Así es querido lector, esas historias ya se leían en los diarios desde antes, eran la primera plana de la nota roja que ofrecían en las paradas donde tomabas el transporte público todos los días, en aquél entonces te justificabas con que se te hacia tarde y cinco minutos después estabas pensando en llegar a tu trabajo, olvidando por completo lo que gritaba el vendedor de periódicos. 

Ahora pasas de Facebook a Instagram, de ahí a Twitter con la intención de olvidarlo; pero no puedes, las notas de las once mujeres víctimas de feminicidio, desaparición forzada o las violaciones que ocurren cada cuatro minutos en éste país, invaden todo los rincones, resuenan al encender el televisor y las manifestantes invaden los medios. 

Las enfermedades mentales también tomaron a miles de presas, con servicio a domicilio: la ansiedad, la depresión y muchas otras, ya hacían de las suyas en cientos de personas a diario; solo que ahora, era innegable su existencia si el agotamiento mental y emocional se apoderaba de todos a la vez. 

Sensibilidad nos faltaba cuando estábamos trasladándonos de un sitio a otro, extrañamos los abrazos y las palabras reconfortantes de los más cercanos, porque “cercano” se volvió tan tóxico como el propio miedo de quienes tenían un paciente en algún hospital.

No conformes con eso, el infierno que vive el servicio del sector salud se apiade de quienes están ahí, desde los trabajadores, hasta enfermos, familiares y todos cuantos dependen de él. Porque los ataques a todo aquél o aquélla que portara una bata blanca solo evidenciaron las deficiencias que ya padecían, la vocación de quien decide servir no paga la boca de sus familias, además de que tampoco son inmortales. Ningún médico o enfermera, le debe absolutamente nada a nadie, por el contrario, se les ha quedado en deuda la carga de hacer todo lo que ha estado en sus posibilidades hacer por la población en riesgo. 

Sin embargo la ignorancia ha golpeado con magna fuerza  a raíz de la desesperación, pero hey que eso ya era parte de nuestra rutina todos los días. Emociones negativas que se apoderaban de nosotros a diario, solo que, la antigua normalidad la hacía menos notoria.

Ahora ya no hay precio que pague las pérdidas de todos cuantos han caído desde la cuarentena y marcan nuestra memoria, un 2020 que nos hizo ver tantas cosas. A pesar de ser vendido como un descanso, maratones en plataformas de Streaming y una dieta a base de chatarra; se convirtió en la puerta del infierno que ya era nuestro país. 

Rompió con la idea de que el amor lo puede todo y señaló la facilidad con la que el dinero mueve al mundo, en realidades distintas, con un abismo de diferencias donde los que solo tienen amor se aferran a la esperanza de que todo termine pronto, y quienes tienen dinero pueden seguir en ese limbo que quedó de nuestra vida pasada y la nueva normalidad siempre sobre el goce del privilegio.

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