Catástrofe

Catástrofe

A lo largo del tiempo hemos traspasado una membrana tras otra, en un mundo del que apenas percibimos su paso, en un universo que delira en una constante recién que acapara todos los modelos de las mentes, extirpando corazones al unísono de una demanda que corroe la ética y juega en los límites de lo políticamente correcto, donde se destierran las verdades de cada uno en su interior.

Si conservamos alguna herencia como especie, es la de la desconfianza a todo lo que nos rodea, incluyendo a nosotros mismos, pues de un momento a otro comenzamos a formar una amenaza previa en nuestras mentes, para luego manifestarse.

Declinan las balanzas ante los redobles de lo inesperado y ahí, una luz atraviesa las mentes de quienes cuestionan los pasos de los aventurados, cediendo al miedo de lo desconocido, del presente y anticipados a un futuro demente que se somete a una ruleta entre el bien y el mal; o simplemente, del qué pudiera ser.

Los pulps fueron una serie de revistas baratas que relataban historias de ciencia ficción, pero eran tachadas de pornográficas.

Así es, la ciencia ficción abofetea a los lectores con sus excesos, pues el primer paso para hacerlo realidad, es la imaginación, dando vida a ideas proliferas que deambulan entre los misterios del cosmos, así con los primeros alquimistas en su búsqueda por la vida eterna y los secretos naturales; así con cada logos, denosta la crudeza de la verdad, que no es sino la capacidad de someter todo a nuestra merced, el deseo de poder constante y una superflua corriente de abismales instintos.

Dime pues, querido lector, en dónde se alojan tus más profundos miedos, a quién oras cuando te sientes desolado o en donde depositas tu fe cuando no hayas respuesta. Sino en lo que tu propia mente te dice que es verdad, anclados con la fuerza de la desesperanza que genera el miedo a lo desconocido.

Y esclavos constantes del recuerdo de lo que podemos ser, olvidamos lo que somos ahora y tememos de un futuro incierto, al que atraemos inevitablemente, ante la necedad de constantes, porque el cambio puede ser doloroso, pero es aún más doloso el error sobre el que decidimos insistentemente.

Saltos en vacíos obscuros que nos miran desde su interior, y en la brecha de lo fantástico y lo imaginario, se aloja un pedazo de verdad, que la ciencia ficción se encarga de enlazar con lo que ya existe, entre las palabras que más de un autor se ha encargado de deshebrar, con dotes críticos, otros tantos pesimistas o alguna que otra bitácora de paranoia; creando sus propias leyes, llevando en evidencia las pesquisas del dolor en acción, tocando heridas, señalando baches en el plan perfecto, ante distópicos paisajes entre mundos perfectos y una sensación que ahonda entre códigos de ceros y unos, que atrofian mi sentir, alienando la realidad de lo que puedo encontrar en el espejo, si y solo si un alguien decide interesarse en lo que considera estético, en destruir lo que no considera correcto y en esa brecha deambulamos, viajando entre letras de un alguien, para convencernos de que no es real, mientras tanto, el gran hermano sabe que en fondo sabemos que no es así.

Pues muchas veces la propia verdad explota a nuestros ojos superando la teoría, como Hiroshima donde no le dieron oportunidad a la ciencia ficción de anticiparse, por el contrario, llegó como partida en los nuevos relatos de post guerra.

De los pulps surgió Tarzán como una historia de ciencia ficción, aunque actualmente se considera relato de fantasía.

Catástrofes que explotan en nuestra cara, como prueba de que la realidad siempre superará en tonos impredecibles, ante su capacidad para destruir y generar nuevas maneras de crear, entender e interactuar con los límites que deben resguardarse para el entretenimiento y no como alternativa a experimentar en la vida.

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